Como lo prometido es deuda, y aunque sea con un poco de retraso, he aquí el post para describir la segunda parte de la visita del museo Red Star Line de Amberes.

En el primer artículo dedicado a este museo, habíamos dejado la historia y la descripción en la relevancia que tenían los controles de salud. Estos controles eran de vital importancia tanto en suelo belga, antes de salir, como en suelo norteamericano al llegar, para completar con éxito el viaje a la “tierra prometida”.

Además de controles de salud, evidentemente también había controles de emigración. En aquella época, las compañías de viaje tenían agentes en distintas ciudades de Europa. En muchos casos, estos agentes vendían lo que hoy denominamos como paquetes de viaje, que incluían el viaje en tren hasta Amberes así como la estancia en hotel, y el posterior viaje a Estados Unidos. Desgraciadamente, y como en cualquier época de la historia, el ser humano tiende a no ser todo lo honesto y fiable que se puede esperar. Por lo tanto, no todos los agentes eran de fiar, siendo muchos viajeros víctimas de timadores.

Por otra parte, el precio de un billete del Red Star Line no era lo que se podría definir como barato. En 1902, el precio de un billete ascendía a 162.50 Francos Belgas ó 31 dólares americanos. Suena como un precio relativamente barato, pero si se convierte al dinero actual, equivaldría a unos 1000 euros, que como podréis imaginar, no se ganaba en una semana, y ni siquiera un mes. Un trabajador medio, debía trabajar 75 días para poder obtener ese dinero. El precio no era homógeneo en los años de funcionamiento del Red Star Line, llegando a costar unos 2500 euros allá por 1924.

Normalmente, la gente que emprendía el viaje hacia América, lo hacía porque le llegaban noticias de gente de su localidad o incluso familiares que habían hecho el viaje con anterioridad. Casí la tercera parte de los tickets vendidos, fueron comprados o pagadas por emigrantes europeos que ya residían en América. Era lo que se podría denominar como una migración en etapas para las familias. Lo más habitual era que el padre de familia iba primero a explorar el país, y se establecía allí antes de que la mujer y los hijos lo siguieran unos años más tarde.

En el museo la parte dedicada a la salida de Europa y posterior viaje, comienza con un vídeo que cuenta las historias de familias en particular, así como la situación económica y social general de Flandes en aquella época. Este vídeo ayuda a entender los motivos por los que la gente decidía saltar el charco en busca de una vida mejor.

La parte más emotiva del museo llega a continuación. En distintas vitrinas, se pueden contemplar vídeos que narran las historias de familias que emprendieron el viaje procedentes de distintos lugares de Europa. Estas historias son contadas por las personas que lo vivieron en sus propias carnes, o bien familiares. Dentro de ellas, voy a centrarme en dos que me llamaron particularmente la atención.

En primer lugar la aventura de Irene Bobelijn. Irene nació en 1922, y viajó a Nueva York en 1928 a bordo del Lapland. Regresó a Bélgica, contra su voluntad como bien explicaré a continuación, en 1931. Los padres de Irene, se fueron a Estados Unidos antes que ella, que se quedó viviendo en la casa de sus abuelos en Sint-Amadsberg. Sus padres trabajaban en Moline, Illinois, en una fábrica que construía máquinas que posteriormente se usaban en agricultura. Como la vida en América resultó muy satisfactoria para los padres de Irene, quisieron que su hija se uniera con ellos allí. Eso ocurrió en 1928.

A bordo del barco, la vida de Irene resultó una gran aventura. Ella viajaba como pasajera de segunda clase, con lo que se podía mover casi con total libertad dentro del barco. De esta manera, se dio cuenta de que había mucha gente de clase inferior que no podían siquiera salir de sus compartimentos, y entendió la situación de muchos de los viajeros.

Irene quedó prendada por el lujo y la vida que le esperaba en América. Las diferencias con lo que ella veía en Bélgica eran enormes (rascacielos, palomitas, Coca-Cola, perritos calientes). Todo resultaba novedoso y tremendamente excitante para ella. A pesar de estas sensaciones, en 1931 llegó la hora de volver a Bélgica cuando la gran crisis comenzó a afectar a la familia Bobelijn. Como bien dice la propia Irene en el reportaje que le graban, no entendía el porqué. Posteriormente se volvió a acostumbrar a la vida en Bélgica. Pero el vídeo concluye con una frase suya que deja bien claro el sentimiento que la ha acompañado durante toda su vida: “I am a yankee”.

Una historia de menos lujo es la que voy a contar a continuación. Se trata de la historia de la familia Moël, y en concreto de Ita Moël.

Ita fue el ejemplo más claro que encontré en el museo del problema que planteaban los controles de salud como ya he comentado anteriormente. Particularmente, su problema era la enfermedad conocida como tracoma. Es una inflamación de la conjuntiva, muy contagiosa y que se transmite por contacto directo con personas infectadas. Es la causa principal de ceguera infecciosa mundial (Gracias Wikipedia).

Ita nació en 1913, y el viaje con su familia (hermanos y madre, ya que el padre ya estaba en América) hacia Nueva York tuvo lugar en el año 1922. En ese momento, y una vez llegaron a Estados Unidos apareció el problema. En el examen médico en Ellis Island, los doctores descubrieron que Ita estaba contagiada con tracoma. Entonces llegó una difícil situación para su madre Chaja: o todos se volvían a Amberes con ella, o bien pasaban todos y ella se volvía sola a Bélgica. La decisión final fue la segunda. Ita volvió a Amberes y allí recibió tratamiento. Al año siguiente Ita volvió a intentar reunirse con su familia, pero el problema no había desaparecido del todo y tuvo que ser deportada de nuevo. Los siguientes años Ita se mantuvó en Amberes, bajo la custodia de una organización judíam la EZRA. Finalmente, y totalmente curada de tracoma, se pudo reunir con su familia en 1927. Toda esta historia es contada en el museo en un vídeo grabado al hermano de Ita.

Continuando el recorrido en el museo, llegamos a las salas donde se realizaban los controles médicos. En ellas podemos ver aparatos que se usaban, así como era la disposición de las mismas. Cuando se pasa al segundo piso del museo, se pueden contemplar planos de los barcos, y zonas interactivas en las que podemos observar cómo eran las diferencias estancias. Finalmente, y también formando parte de los preceptivos controles médicos, también había controles psicotécnicos y cuestionarios. En el museo aparecen ejemplos de ellos, con lo que se puede hacer una intentona y ver si seríamos capaces de superarlo para ir a América (siempre que no tuviéramos tracoma como ya he mencionado anteriormente).

El museo concluye con la historia de múltiples inmigrantes que se encuentran hoy en Amberes, así como fotos de famosos viajeros del Red Star Line. Por último, conviene no olvidar que existe una terraza panorámica que permite contemplar la ciudad de Amberes, finalizando de esta manera la visita.

Espero que os haya llamado la atención y esto haga que cuando visitéis Amberes, penséis en visitar el Red Star Line Museum.

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